viernes 8 de mayo de 2009

FEBO ASOMA

IV


El teléfono sonaba insistentemente pero Virginia no tenía ganas de atender. Permaneció sentada en el piso hablando con Lina y atiborrándose de Skittles de uva.
—Juan y Sol se pelearon. Parece que es definitivo...
—Te aseguro que estos confites son el mejor invento —comentó Virginia mientras se llevaba un puñado a la boca.
—Dejá de hacerte la tonta, ¿querés? —dijo Cara de Mono mientras se acomodaba el pelo detrás de las orejas—. ¿Para qué mierda invitaste a Santiago Blasco a la fiesta? No le ecuentro ninguna lógica, realmente. Por otra parte, mientras seas mi amiga voy a hacer todo lo posible por mantenerte alejada de ese chico.
Virginia se encogió de hombros imitando a Lucas y no contestó. Además nunca hablaba con la boca llena. Era mala educación. Subió un poco el volumen del equipo de audio para poder disfrutar mejor de una de las canciones de The Smiths.
—No sé qué carajo le ves —continuó Lina—. Cuando lo conocí, me dije: “Este tipo es un taxi boy”.
—Escuchá qué buen tema —dijo al tiempo que le mostraba a Lina una bolsita violeta llena de confites de colores—. ¿Seguro que no querés?
—No, gracias.
—¿Sabés una cosa? Antes pensaba que era muy útil borrar ciertos números de teléfono de las agendas —comentó Virginia mientras tiraba la quinta agenda en el tacho de basura junto con el envase de Skittles vacío—. Pero después... me di cuenta de que en mi cerebro se almacenan todos los teléfonos que deseo olvidar entonces para qué borrarlos, ¿no?
Abrió un atado de cigarrillos y sacó uno. Pero no lo encendió. Simplemente lo sostuvo en la mano durante varios minutos.
—Realmente no te entiendo —tronó Lina—. Sabés perfectamente que Santiago pretende que todos crean que saliendo con vos o respondiendo tus mensajes te está haciendo un favor... cuando el favor se lo estás haciendo vos... Es un pelotudo y un soberbio de mierda.
Había sido Santiago quien dijo: “Te llamo y nos vemos antes de la fiesta. Todavía tenemos que aclarar muchas cosas...” Y si bien Virginia Cherrill se hacía la superada frente a los influjos de Blasco, en el fondo no podía aguantar la espera.
—¿Terminaste? No es muy dulce de tu parte ese comentario,. Tampoco habla muy bien de mí...
—Por supuesto que no —dijo Lina arreglándose el pelo. Tratando de parecer menos alterada de lo que estaba—. Ahora escuchame... Sé que te vas a enojar conmigo pero le avisé a Juan. A él tendrías que haber invitado en lugar de...
—¡Otra vez! —exclamó—. Santiago fue mi novio. Ok? Además es mi fiesta y yo decido a quién invito y a quién no.
Lina encendió un cigarrillo
—Sos grande y sabés lo que hacés. Pero te guste o no, Juan estuvo con vos desde siempre. Es tu mejor amigo. Entonces guardate el orgullo y los celos en el tujes y bancatela. De alguna manera me hacés sentir cómplice de tus boludeces, Virginia. Ponete una pila.
—¿Estás segura que no te jode encargarte de mis peces? —preguntó Virginia.
—Para nada —Lina soltó una bocanada de humo y sonrió.
—Cuidalos bien, no me gustaría enterarme vía mail que alguno de tus gatos salvajes se comió a mis pescaditos. Tampoco los empaches.
—Quedate tranquila que eso no va a ocurrir, corazón —insistió.
Lina se puso de pie y se acomodó la remera negra mientras miraba unos libros que había sobre el escritorio casi vacío. Junto a unos números viejos de la Prytania. Cine y Variedades y la colección completa de Tintin.
—Me los prestó mi hermano la otra noche... pero todavía no conseguí pasar las veinte páginas del primero —dije—. ¿Leíste algo de Okinawa?
Cara de Mono respondió afirmativamente mientras le daba una pitada a su cigarrillo.
—Probablemente venga Mariano Antelo a la fiesta —comentó Virginia mientras jugaba con su cigarrillo apagado, tratando de que su ocurrencia pareciera algo brillante—. Después de tantas charlas teléfonicas y tanto ratoneo creo que nos debemos un algo. Además si es el que me imagino, vale el esfuerzo. Es realmente muy pero muy lindo.
—¡Qué horror, Virginia! No quiero oír más —dijo algo molesta por las boludeces que hacía su amiga—. Se hace tarde. ¿Hay que llevar algo más que la pecera?
Lina apagó su cigarrillo.
—No —señaló Virginia mientras se levantaba de un salto. Abrió uno de los cajones del escritorio y sacó una cajita envuelta en papel barrilete azul.
—Tomá —le dijo a Lina y se la dio.
Ella rompió el papel y descrubió un cassette con marchas patrias. Estaba realmente emocionada. Era el mejor regalo que le podían haber hecho.
—Es el mejor regalo que podías haberme hecho. ¿Cómo las conseguiste?
—Beneficios que tiene ser ex alumna del Colegio...
Cara de Mono se secó las lágrimas y abrazó muy fuerte a la boluda de su amiga.
Agarraron sus respectivas mochilas y salieron de la pieza esquivando la lámpara rota que aún seguía sobre el parqué. Cantando a viva voz:

FEBO ASOMA
YA SUS RAYOS
ILUMINAN EL HISTÓRIO CONVENTO...

lunes 22 de diciembre de 2008

MADRE E HIJA

III



—¡Virginia! —escuchó gritar a su madre desde algún lugar del departamento.
Apagó la PC y la desenchufó. Quitó todos los cables y fue metiendo las piezas una por una en distintas cajas: monitor, CPU, impresora... En ese momento la señora Cherrill entró en la habitación con su clásico Benson en la mano sin golpear la puerta.
—Virginia, recién me llamó Alex al celular —dijo sonriendo.
—¿¿No podrías golpear la puerta antes de entrar?? —aulló Virginia sin apartar la vista de lo que estaba haciendo.
—Bajá el tono que yo te estoy hablando bien —dijo con diplomacia la sra. Cherrill—. Con tu padre lo vamos a pasar a buscar para ir a almorzar. Arreglate un poco ese pelo que parecés una ciruja y vení con nosotros.
—Esoy muy ocupada. No puedo ir a ningún lado.
La señora Cherrill miró a su alrededor mientras se acomodaba el pañuelo de seda italiana que llevaba en el cuello. Las puertas de los placares estaban abiertas de par en par y había libros de música, discos y partituras desparramadas por todo el suelo, dos guitarras eléctricas y una pandereta.
—No empecemos a pelear desde tan temprano, Virginia. Te lo ruego, por el amor de Dios —inisitió la señora Cherrill levantando las cejas—. Te vas en un par de días y lo único que te estamos pidiendo tu padre y yo es un poco de colaboración familiar.
Virginia salió por un instante de su abstracción y miró con cierto aire desafiante a su madre.
—¿¿Colaboración familiar?? —preguntó—. ¿De qué estás hablando? Todavía no llegué a esa bolilla. Mamá, en unos minutos va a venir Lina a buscar la pecera. Hace unos días atropellaron a mi gato siamés y todavía no tuve tiempo de llorar lo suficiente su muerte. Mañana es mi fiesta de despedida y ni siquiera fui al supermercado. ¿Qué más querés de mí?
—Cómo me gustaría saber cuál sería tu actitud si la muerta fuera yo en lugar de ese gato.
—Aaaay, paremos con tanto melodrama barato y vayamos al punto.
—Lo que tu familia espera y quiere de vos es que de una vez por todas dejes de hacer estupideces —dijo la señora Cherrill que se esforzaba por no sollozar. Mientras se arreglaba su perfecta cabellera rubia—. Sos una chica grande, por el amor de Dios. Nos vas a matar de un disgusto.
Su condición de buena niña católica le impedía decirle improperios a su madre. En realidad tampoco estaba bien pensarlos. Pero no se puede lograr todo en esta vida.
—Muy bien —respondió ella con soberbia tras un suspiro de fastidio.
—Cambiate ahora mismo y vamos a almorzar.
Virginia subió el volumen del equipo de audio y continuó haciendo su trabajo. Disfrutando a pleno de su día Morrissey. Con la cinta de embalar cerró todas las cajas. Luego se levantó y agarró un manojo de lápices del lapicero. Tenía que sacarle punta antes de irse. Su madre continuaba inmóvil observándola mientras ella buscaba un sacapuntas nuevo.
—María Virginia —la señora Cherrill se mostraba sumamente alterada—. Te lo advierto: poné freno a todo esto. Estás acabando con mi paciencia.
—Y vos con la mía.
—Es una suerte que… —Cecilia Cherrill se calló a tiempo y salió del cuarto cerrando la puerta de un golpe.
Virginia también odiaba no poder tener la última palabra. Agarró una lámpara que en ese momento era lo que tenía más a mano y la tiró con fuerza contra la puerta, rompiéndola en mil pedazos.

domingo 21 de diciembre de 2008

FEDE Y VIRGIN

II


Virginia estaba encerrada en su habitación, instalada frente a su computadora chequeando los mensajes nuevos y escuchando música.

Queridísima V:
Andá a cagar. ¿Suena fino? Bueh... ¡¡Andá a defecar!!
Te odio porque te rajás para una Universidad de mierda como Berkley en vez de quedarte estudiando en el Conservatorio Nacional como corresponde y por tus mensajes “firmados fuckin’ digitalmente”. Estuve 2 minutos tratando de abrir el último y no podía por no sé qué puta ocurrencia de Bill Gates. Mandá mails comunes y dejate de joder, coño!!


Virginia agarró sin mirar su atado de Gauloises Blondes casi vacío del escritorio. Sacó uno y lo encendió. Dio una pitada y continuó leyendo el mail.

Hoy estoy en un dia Danzig y vos en uno Morrissey (forro).
Y para que te quede clarito yo a mi vieja le pido que me cocine todo el tiempo. Cada vez que se me antoja, OK? Por algo tengo escarlatina... y no voy a poder ir a tu fiesta amanerada con toda esa manga de bobalicones que te rodea. Y me voy a salvar de ingerir tu cheese cake que seguramente fue hecho con leche de Morrissey, y queso de Emylou Harris (¿sabés de donde?)
¡¡Escribime más!! Me aburro de estar en la cama... Aislado. Help. Help. Help.

Cuidate mucho, no te encames con cualquier californiano. Preguntale antes el nombre.
Un besote cariñoso
F.


P.D.: Tomate una Perrier y enfermate.
P.D2: Muerte a Johnny Marr y Morrissey y toda esa porquería que tanto daño le hace al mundo. Fuck off.


Virginia terminó de leer el mensaje y lo imprimió. En realidad imprimió todos los mails que Federico le había mandado y los fue guardando en una carpeta. Permaneció un instante con el cigarrillo entre los dedos hipnotizada por el protector de pantalla de su computadora hasta que se dio cuenta de que se iba a quemar los dedos de un momento a otro. Tiró la ceniza en el tacho de basura y procedió a responderle de inmediato.

¿Qué pasa chichito? ¿Además de Bon Vivant trabajás de adivino? Ya tomé mi cuota diaria de Perrier y luego de beberla debí ser internada de urgencia. El médico parecía muy preocupado por lo cual decidió confiscar la bebida hasta nuevo aviso. Y parece que como soy una chica moderna, canchera y famosa la noticia corrió por el mundo como reguero de pólvora y los agentes de sanidad de Francia, que por cierto, nunca fueron muy limpitos y andan de un lado para el otro con olor a pata, optaron por dejar de abonar 50 centavos de dólar el litro de meo de indigentes parisinos y elegir gente un poco más... qué sé yo... en esa parte el traductor simultáneo que también estaba tomando Perrier con limón bichado, cayó redondo al piso y me quedé calenchu sin el fin de la historia. Ahora sólo me dejan tomar agua de la canilla porque según dicen por ahí, es la más pura y menos contaminada del mundo...

El lirismo de Moz sonaba a todo volumen dentro de la habitación. Virginia dio una pitada a su cigarrillo y releyó el mensaje para asegurarse de que no se estaba olvidando ningún detalle importante. Soltó el humo y luego de apoyar el pucho en el cenicero, continuó escribiendo.

Siguiendo con el tema: yo firmo mis mensajes como quiero. Y me voy a estudiar a donde se me canta. Por suerte no tengo que pedirte permiso a vos. Ya te aguanté bastante durante todos estos años y nunca te dije nada... Me enfermaste. Además que tenga un día Morrissey no quiere decir que tenga un día balinardo. Eso te lo dejo a vos.
Te odia siempre.
V.


P.D.: Jodete por pescarte escarlatina justo ahora. No podés venir a mi fiestita de despedida... La, la, la...
P.D.3.: Ahora que lo pienso... nunca tuve una Barbie. Sufro.
P.D2: Ojalá te mueras reventado, butifarra frita...



Seleccionó la opción: “enviar ahora” y dejó por un instante la mirada clavada en una linda foto de Saki que había sobre su escritorio. Sus ojos se habían llenado de lágrimas. Tiró el cigarrillo en un vaso. Virginia siempre odió a las personas que apagan o tiran los cigarrillos en platos, vasos o tazas y ahora ella estaba haciendo lo mismo solo para averiguar si se sentía algo diferente. Pero la sensación no fue ni más ni menos placentera. A lo sumo repugnante.

sábado 20 de diciembre de 2008

CAPÍTULO XI



Cecilia Cherrill tomó un trago de scotch con soda y sonrió satisfecha.
Estaba frente al escritorio, sentada cómodamente en la silla de madera de fresno tapizada de azul eléctrico. Con una pila considerable de diarios y revistas de cine delante de sus bellísimos ojos. Encendió un Benson y dio una pitada mientras ojeaba la portada del Buenos Aires Herald. Bajo el titular que decía SUSHI. THE FIRST GREAT ARGENTINIAN FILM OF THE MILLENNIUM HAS BEEN RELEASED, la sra. Cherrill vio dos fotografías en blanco y negro. A la derecha, Alex entrecerrando los ojos porque el sol le daba justo en la cara; a la izquierda Morrissey con el danés Jay-Jay Johanson en una de las escenas más irónicas de la película.
Dejó el cigarrillo en el cenicero, levantó el tubo del teléfono rojo y comenzó a discar rápidamente. Esperó con cierta impaciencia paranoica que alguien atendiera pero del otro lado sólo apareció una grabación bilingüe. “PUEDE DEJAR SU MENSAJE O ENVIAR UN FAX LUEGO DE LA SEÑAL. YOU CAN LEAVE A MESSAGGE OR SEND A FAX AFTER THE BEEP. THANK YOU. ”
—Alex, habla tu madre —dijo la señora Cherrill con su voz grave; levantando las cejas para verse más interesante—. Estoy en el departamento de tu hermana. Llamame, no te preocupes por la hora. Quiero saber cómo va la película. Tu padre y yo estamos muy orgullosos.
Ni bien colgó, Cecilia Cherrill agarró una tijera del lapicero y comenzó a recortar prolijamente cada uno de los reportajes que le habían hecho a su hijo Alex en la últimas horas por el estreno de “Sushi”. Las críticas no podían ser mejores.

jueves 18 de diciembre de 2008

¡SAKI!

X


Estábamos sentadas en el comedor, a punto de cenar. Celsa tenía una cabeza gallinácea. No entiendo por qué la gente se empeña en teñirse el pelo cuando puede usar pelucas y variar el color y el estilo según el estado de ánimo.
—El sábado que viene voy a dar una fiesta en lo de mi abuela —dije mientras me rascaba el brazo—. Van a venir todos mis amigos.
—Mirá qué copado —exclamó Celsa—. Un sábado ocupado no es un sábado más.
Me quedé pensando en su comentario y tuve ganas de vomitar. Por suerte logré calmarme. No es de buena educación vomitar durante la cena y en medio del comedor.
—¿Podés dejar de rascarte de una vez? Parecés una pulgosa —dijo Celsa con mucho tacto—. ¡Qué chabona!
Flavia que ya estaba comiendo unos bocaditos de calabaza que acompañaban el pollo a la miel, no dejaba de mirarme.
—¿Lo invitaste a Santiago? —preguntó Celsa.
—Of course, my friend. ¿Algún problema?
Celsa dijo que no con la cabeza y sonrió estúpidamente.
—¿Hay que llevar algo? —preguntó Flavia con la boca llena.
¿Me parece o esta piba se está invitando a mi fiesta?
—No —dije con un incipiente mal humor mientras le ponía un poco de salsa de soja a mis simpáticos brotes—. Soy muy buena comprando comida.
Odio comer brotes de soja en público porque hacen mucho ruido cuando uno los mastica. Es antiestético.
—Casi me olvido, hace un rato llamó tu vieja. Quiere que la llames urgente —dijo Celsa cortando un pedazo bastante grande de pollo y llevándoselo a la boca.
No tenía ganas de hablar con Cecilia Cherrill. A veces se pone muy molesta. Y hace preguntas idiotas que yo casi nunca quiero responder. Tomé un poco de agua y me quedé jugando con la comida.
—Entonces quiere decir que el sábado vamos a tener pachanga y de la buena —dijo Flavia moviendo su cabellera gallinácea y extremadamente reseca.
Celsa se sirvió otro pedazo de pollo trozado y continuó masticando tranquilamente.
—La verdad es que estaba cagada de hambre. ¿Va a haber chabones? —preguntó Celsa entusiasmada.
—Van a estar mis amigos —contesté mientras seguía jugando con el tenedor.
No tenía hambre. De golpe me levanté y fui a buscar mi mochila. La abrí para sacar mis cigarrillos y lo primero que encontré fue el sobre que había recibido. No le di mucha importancia y saque el atado de Gauloises Blondes, el encendedor y una tirita de pastillas anti-vómito.
—¿Por qué no llamás a tu vieja, loca? —insistió Flavia.
Regresé a mi asiento sin responder. Estaba muy ojerosa; últimamente tengo más problemas con el sueño que con los hombres. Y mi habitual urgencia verbal parecía haberse desvanecido.
—Che, ¿qué te pasa? ¿Estás enojada por algo? —insistió Celsa, que por un minuto congeló el viaje del tenedor desde el plato hasta su boca.
Dije que no con la cabeza, manteniendo una rara lejanía que las incomodaba y me incomodaba.
—Me olvidé de programar la video para grabar un especial de Cary Grant que daban por cable...
—¿Me estás jodiendo? —preguntó Celsa—. Dejate de romper las pelotas, Virginia… y comé.
El teléfono comenzó a sonar de pronto y Celsa se levantó a atender.
—Es para vos —dijo alcanzándome el inalámbrico—. Tu vieja.
Agarré el teléfono algo fastidiada.
—¿Qué pasa ahora? No es posible... ¿Están seguros? Voy para allá.
Corté inmediatamente y dejé el teléfono sobre la mesa.
—¿Pasó algo, che? —preguntó Celsa asustada al verme cada vez más pálida.
—Es Saki… Lo encontraron muerto cerca del Botánico —dije casi sin voz.
La silla en la que estaba sentada Virginia se fue inclinando en cámara lenta hasta que finalmente se volcó arrojándola al suelo, desmayada.


EL REGRESO DE JUAN

IX


Aunque ya había devuelto las películas a tiempo aún estaba en Liberarte de lo más tranquila buscando unas postales para mi colección mientras pensaba en el contenido del sobre. Tenía que tomar una decisión urgente al respecto y comunicársela a mis padres porque en definitiva eran ellos los que iban a darme el dinero para viajar. Por suerte el chico de la disquería estaba escuchando un concierto muy lindo de Bach y eso me tranquilizaba bastante. Estaba ansiosa por disfrutar mi movimiento preferido. El que según mi hermano es el hit de Johann Sebastian.
¡Virgin!
Me volví sorprendida y vi a Juancho subiendo las escaleras. Caminando hacia mí. Tragué saliva y sonreí. Sin darme cuenta de que me acababa de apoyar en esa calesita de metal blanco tirando todas las postales al suelo.

domingo 14 de diciembre de 2008

EL SOBRE

VIII



Mientras abría el mail de Federico mis ojos continuaba clavados en el sobre que acababa de recibir.

Virginia:

Me parece que tengo problemas serios de identidad y todo eso.
Ese tal Rodrigo Cánepa, ¿quién es? ¿Y el de ayer? ¿Cuál de los dos es el que te besa en la boca? Bueh, problema tuyo y de tu dentista.
Si Dios es el camino, ¿Jesús es la autopista? Me lo pregunto siempre. Y Morrissey, ¿tendrá caspa? Quién sabe...
¿Yo un chico búfalo? Quizás... le voy a preguntar a mi novia.
Cómo llueve, carajo.
Un beso (pero no de los que te debe dar Rodrigo y el resto de tus amiguitos raros)
Si supiera dónde venden Perrier por esta zona, te invitaría con todo gusto. En mis pagos no hay esa clase de gastronomía exótica/ burguesa/ decadente/ alternacultural.
Si vas a comerte algún honguito, maceralo en miel. Nunca en dulce de leche.
Te escupo mil veces y no te doy ningún kleenex para que te limpies.
F.



Estuve a punto de responderle el mail pero cuando miré la hora me di cuenta de que se me había hecho muy tarde. Iban a ser las nueve y cuarto y todavía tenía que pasar por Liberarte a devolver unas películas. Apagué la computadora, metí el sobre como pude en la mochila, agarré las llaves de la camioneta y salí corriendo llevándome puesto todo lo que había en mi camino. Ni bien cerré la puerta, el teléfono comenzó a sonar. Dudé un segundo y finalmente decidí seguir adelante.